Hace muchos años, compartiendo un café con el recordado Suf. Oscar Rodríguez, surgió una de esas anécdotas que, con el paso del tiempo, permanecen en la memoria por lo insólitas que resultan.
En aquella charla, Oscar me compartió que, mientras se encontraba en construcción el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, en estado avanzado, viajaba de regreso a Buenos Aires a bordo de un avión junto a un oficial de muy alta jerarquía de la Fuerza Aérea Argentina, cuya identidad nunca llegó a mencionar. En determinado momento, mientras sobrevolaban las obras del nuevo aeropuerto, al oficial se le ocurrió comunicar a la tripulación que la pista de Ezeiza ya estaba lista y que podían realizar una pasada para evaluar el estado de la obra.
Tras una rápida aproximación visual, insistió con diversas indicaciones que, según el relato de Oscar, habría de transformar aquella supuesta pasada en una situación bastante más comprometida:
—"Baje, baje nomás... aterrice".
La tripulación siguió al pie de la letra las indicaciones recibidas. La pista se presentaba nueva, impecable, y desde el aire nada parecía indicar que hubiera algún inconveniente. Sin embargo, había un detalle que desde la aproximación no se había podido apreciar: en un sector de la pista todavía se encontraba trabajando un grupo de obreros.
El avión terminó tomando tierra sobre la pista en construcción. Según Oscar Rodríguez, la maniobra produjo un verdadero desparramo entre quienes se encontraban trabajando en el lugar, aunque finalmente la aeronave aparatosamente logró detenerse.
Lo que sucedió inmediatamente después tampoco parece difícil de imaginar. Los trabajadores, una vez pasado el susto inicial, se acercaron al avión con intenciones que poco tenían que ver con una bienvenida amistosa. La situación llegó a tal punto que, según Oscar, hubo quienes pretendieron linchar a los protagonistas de aquella inesperada toma. Por fortuna, como dice el conocido dicho, la sangre no llegó al río.
La anécdota quedó allí, sin demasiados detalles adicionales. No teníamos una fecha precisa del episodio —aunque por el propio relato necesariamente debió ocurrir antes de la inauguración del aeropuerto de Ezeiza—, ni tampoco el nombre del oficial que impartió aquella particular orden. Solo permanecía el recuerdo de Oscar y la certeza de que, si realmente había sucedido de aquella manera, un episodio semejante debería haber dejado alguna huella en los diarios de la época.
Y, muchos años después, apareció algo que parecía aportar una respuesta. Revisando diarios antiguos, me encontré con una fotografía que, por sí sola, coincidía de una manera sorprendente con el relato que me había contado Oscar Rodríguez. La imagen no solo mostraba una aeronave relacionada con aquel episodio, sino que además permitía identificarla: el T-9, el Vickers Viking que actualmente se encuentra preservado en la plataforma del Museo Nacional de Aeronáutica.
La fotografía no permite, por supuesto, reconstruir por sí sola todos los detalles de aquella historia ni establecer con absoluta precisión cuándo ocurrió el incidente. Pero resulta difícil ignorar la coincidencia entre aquella imagen y la vivencia transmitida por Oscar tantos años atrás.
A veces, determinados acontecimientos no alcanzan notoriedad en el momento en que ocurren. Quedan apenas como un comentario, una anécdota compartida entre quienes los vivieron o, en este caso, como el recuerdo de alguien que muchos años después decidió compartirlo durante un café.
Pero el tiempo suele ser generoso, de vez en cuando, permite que aparezca una fotografía, un documento o un dato olvidado que logra poner la escena en sintonía.
Tras una rápida aproximación visual, insistió con diversas indicaciones que, según el relato de Oscar, habría de transformar aquella supuesta pasada en una situación bastante más comprometida:
—"Baje, baje nomás... aterrice".
La tripulación siguió al pie de la letra las indicaciones recibidas. La pista se presentaba nueva, impecable, y desde el aire nada parecía indicar que hubiera algún inconveniente. Sin embargo, había un detalle que desde la aproximación no se había podido apreciar: en un sector de la pista todavía se encontraba trabajando un grupo de obreros.
El avión terminó tomando tierra sobre la pista en construcción. Según Oscar Rodríguez, la maniobra produjo un verdadero desparramo entre quienes se encontraban trabajando en el lugar, aunque finalmente la aeronave aparatosamente logró detenerse.
Lo que sucedió inmediatamente después tampoco parece difícil de imaginar. Los trabajadores, una vez pasado el susto inicial, se acercaron al avión con intenciones que poco tenían que ver con una bienvenida amistosa. La situación llegó a tal punto que, según Oscar, hubo quienes pretendieron linchar a los protagonistas de aquella inesperada toma. Por fortuna, como dice el conocido dicho, la sangre no llegó al río.
La anécdota quedó allí, sin demasiados detalles adicionales. No teníamos una fecha precisa del episodio —aunque por el propio relato necesariamente debió ocurrir antes de la inauguración del aeropuerto de Ezeiza—, ni tampoco el nombre del oficial que impartió aquella particular orden. Solo permanecía el recuerdo de Oscar y la certeza de que, si realmente había sucedido de aquella manera, un episodio semejante debería haber dejado alguna huella en los diarios de la época.
Y, muchos años después, apareció algo que parecía aportar una respuesta. Revisando diarios antiguos, me encontré con una fotografía que, por sí sola, coincidía de una manera sorprendente con el relato que me había contado Oscar Rodríguez. La imagen no solo mostraba una aeronave relacionada con aquel episodio, sino que además permitía identificarla: el T-9, el Vickers Viking que actualmente se encuentra preservado en la plataforma del Museo Nacional de Aeronáutica.
La fotografía no permite, por supuesto, reconstruir por sí sola todos los detalles de aquella historia ni establecer con absoluta precisión cuándo ocurrió el incidente. Pero resulta difícil ignorar la coincidencia entre aquella imagen y la vivencia transmitida por Oscar tantos años atrás.
A veces, determinados acontecimientos no alcanzan notoriedad en el momento en que ocurren. Quedan apenas como un comentario, una anécdota compartida entre quienes los vivieron o, en este caso, como el recuerdo de alguien que muchos años después decidió compartirlo durante un café.
Pero el tiempo suele ser generoso, de vez en cuando, permite que aparezca una fotografía, un documento o un dato olvidado que logra poner la escena en sintonía.
Ver El Viking del Museo.
Detalle de la aeronave
* cn. 163 Vickers VC.1-615 Viking 1B - LV-XET Secretaría de Aeronáutica 18Abr47; T-9 Fuerza Aérea Argentina - Agrupación Transporte, III Grupo - LADE - Líneas Aéreas del Estado; rr. LV-XET 1959; rr. T-9 reintegrado a la actividad en 1960 - Preservado en el Museo Nacional de Aeronáutica, Morón, Buenos Aires. (Motores Hercules 634).
